Un sitio donde te enseñan a sonreír: Tailandia

lunes, 3 de diciembre de 2012

Dos semanas en Tailandia dan para mucho. ¿Por dónde empiezo...? Primero diré que este viaje venía precedido por mis altas expectativas sobre un destino que tenía marcado en esa lista de cosas por hacer que todos tenemos, de modo que arrancar la ruta poniendo un pie en Bangkok me descolocó un poco porque esa magia que esperaba no aparece a la primera.

La capital es inmensa -12 millones de habitantes- y sus avenidas amplias y aceras estrechas son un obstáculo para los visitantes que nos jugamos el tipo en cada cruce, busque usted un paso de cebra amigo. Pero poco a poco, Bangkok se va descubriendo como una ciudad extraña que te guiña un ojo para que la recorras y te mezcles. Al principio desconfías, esas calles, esos mercados, poco extranjero pateando por culpa de su calor húmedo insoportable que terminas por soportar.

Entonces, a medida que subes, bajas y cruzas el río para ir a visitar el Gran Palacio, Wat Arun, el Mercado de amuletos, el Templo del Buda dorado, la cosa cambia y empiezas a confiar. Le das a una oportunidad más para sorprenderte. Y subes a la terraza del Sirocco, que impresionante skyline tiene esta ciudad, por fin Bangkok aparece. Se hace esperar y no es apta para todas las paciencias ni estómagos.









Rumbo al norte. Bendito norte de Tailandia, menos caluroso y saturado, distancias más abarcables para las piernas agotadas de Bangkok y templos encantadores con monjes tímidos que viven cuidando sus patios. La gente simplemente sonríe cuando le miras.

De Chiang Mai a Chiang Rai, ambas ciudades con un encanto especial, se reafirmaron como dos destinos necesarios para conocer mejor la esencia de la vida en Tailandia, mucho más rural y tranquila. En el norte todavía habitan las tribus de las montañas, tuvimos la suerte de poder conocer uno de los poblados.







Por supuesto, estando en el reino de los elefantes que tan íntimamente ligados han estado a sus gentes en toda la historia del país, visitamos un campamento de elefantes, y como hoy ya no hacen los duros trabajos cargando troncos en el bosque comos siempre habían hecho, la forma que tiene el país de mantenerlos es gracias a este tipo de campamentos donde te dejan compartir un tiempo con ellos.



Por último, antes de comenzar ha descender de nuevo hacía Bangkok fuimos a visitar al Triángulo de Oro por donde pasa el octavo río más largo del mundo, el río Mekong que tiene 4.880 Km. Esta zona se llama así por que es de donde procede más de la mitad de opio que se consume en el mundo y el opio, antiguamente valía como el oro. Además, en este triángulo de tierra confluyen tres fronteras: Tailandia, Laos y Myanmar, antigua Birmania. Un lugar bastante curioso.


De nuevo en carretera, que he de decir que no están nada mal, salvo por la terrible, repito muy terrible, forma de conducir que tienen. Nunca alquiléis una moto por allí, es jugarse la vida. Bien, la ruta siguió hacía Phitsanulok, siguiendo con la ciudad histórica de Sukhothai que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1991, el divertidísimo templo de los monos en Lopburi y finalmente Ayutthaya, también declarado Patrimonio de la Humanidad en el 91. A medida que te aproximas de nuevo a Bangkok la humedad reaparece y el calor comienza de nuevo a dificultar el ritmo.




Finalmente la mejor forma de terminar este viaje no podía ser otra que pasar unos días en sus increíbles playas del sur, esto que veis es Phi Phi Island, donde la arena parece harina y en el agua de pronto aparecen cientos de peces de colores. Es cierto que viendo los numerosos carteles con las rutas de evacuación en caso de Tsunami siempre tienes una extraña sensación sobre lo que ocurrió, pero sorprendentemente parece que nunca hubiera pasado nada y todo esta reconstruido.






Esta última es la famosa roca de las islas Phang Nga donde se rodó la película de James Bond "El hombre de la pistola de oro".

Sin duda un viaje mágico y recomendable, sabiendo que lo que allí se encuentra es muy diferente a lo que los occidentales podemos esperar. Mucho calor, humedad, selva y elefantes, comidas extrañas y picantes, artesanías maravillosas, playas paradisíacas, religión en cualquier esquina, budas esmeraldas, dorados, grandes, pequeños... y sobre todo muchas sonrisas, porque de Tailandia regresa uno sonriendo.

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