Descubrí el corazón de Turquía

lunes, 7 de noviembre de 2011

Más de 1000 kilómetros recorridos desde que aterrizamos en el aeropuerto de Nevsehir, en pleno centro de la Capadocia, el corazón de Turquía. Un país habitado a lo largo de su profunda historia por 20 civilizaciones que han dejado las huellas que se ven y las que aún no han descubierto. Quedan muchos tesoros por descubrir y otros que, tal vez, los que vengan detrás ya no verán porque la geología y sus maravillas formadas durante miles de años no esperan a nadie y se siguen consumiendo.

La experiencia ha sido un intenso viaje cronológico por el tiempo y el espacio de este gran [en todos los sentidos] país. Desde la ciudad subterránea de cuevas trogloditas de Özkonak, el santuario de iglesias perforadas en monolitos volcánicos de Göreme y el curioso pueblo de Uchisar. Continuamos hacía las cascadas calcáreas de Pamukkale, a las que llaman ´Castillo de algodón`, y yo moría de ganas por ver. Carretera y manta, muchas horas y kilómetros, para visitar en Konya del mausoleo de Mevlana, el poeta persa fundador de los Derviches danzantes.

No puedo olvidarme de lo que fue volar en globo en la Capadocia con un frío que dolía a las cinco de la mañana, pero ahora desde el sofá de casa se asoma como un recuerdo de un tremendo amanecer de suaves luces rosas.

Y así avanzamos kilómetros desde las tierras más áridas y desiertas del centro de Anatolia, la península conocida como Asia menor, hacia el oeste donde el verde se iba haciendo un hueco para llegar a las ruinas grecorromanas de Éfeso, que fue transportarnos a lo que debió ser una ciudad excepcional.

Por fin Estambul. El tiempo apretó para ver todo lo que no podíamos dejar de visitar de esta mágica ciudad salpicada de mezquitas: Santa Sofía, la Mezquita Azul, las Cisternas, el Gran Bazar y el Bazar egipcio de las especias, Palacio Topkapi, el crucero por el Bósforo para recordarnos el frío humedo que domina el invierno de esta ciudad...

Hemos comido el riquísimo yogurt con miel, una de sus especialidades, tan cremoso como adictivo. La fruta de la granada la convertían en zumo por una lira turca en casi cualquier sitio, en el que los puestos ambulantes con un exprimidor salían de la nada. Pedir un Kebab al azar ha sido una aventura, porque lo del Donner kebab es una versión europeizada para nuestros gustos, allí cuesta encontrar uno que nos sepa parecido. La berenjena, que cada día y de alguna forma aparecía en el plato. Los famosos postres turcos me resultaron más atractivos a la vista que al paladar, quizás demasiado empalagosos para mi, chocolatera de pro, eché de menos el chocolate sin más mezclas de pistacho, higos, dátiles, etc.

Turquía es un país amable, con un pie occidentalizado y otro anclado en un pasado y tradiciones de las que les resulta difícil deshacerse. Junto a una joven turca escuchando música en su ipod hay una mujer con burka. Los hombres siguen siendo "los hombres" y ellas son invisibles en muchas zonas y a muchas horas. Los edificios modernos, el inglés chapurreado por todos los comerciantes, el caos de una ciudad que quiere organizarse en su desorden, donde el tráfico es tráfico y atasco las 24 horas del día, no exagero. 14 millones de habitantes solo en Estambul, la convierte en una de las ciudades con más población del mundo. Lo que se respira en su historia de sultanes y califas es muy intenso y merece la pena conocerlo.

Las gracias inevitables a nuestro "maestro de ceremonias" en el país, Gürel, y dos estupendas amigas de viaje con las que te cruza el destino en el rincón más remoto, Tere y Zinta. : )

 Algunas fotos para recordar.













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